Lugares

Dos clásicos de la gastronomía porteña

agosto 22, 2017

 

Hacía mucho que no íbamos a la capi a pasear. Y ni bien surgió la oportunidad de un viaje a raíz de algunos trámites que teníamos que hacer, ni lo pensé: Google Maps soy toda tuya. Marcame la mejor ruta para llegar de A a B… y a C y a D y a E y hasta la Z no paro.

Me fascina planificar viajes. Y lo mejor de todo es que para que se me salga el corazón del cuerpo no hace falta que sea un gran viaje. Puede ser organizar un cronograma de paseos un fin de semana por la zona en la que vivo. Eso ya es suficiente para que me genere emoción. Disfruto muchísimo ver qué posibilidades hay, qué es típico, cómo llego de un lado a otro y la mejor manera de combinar el camino en el tiempo que tenga. Y si es en auto, mate en ruta es sinónimo de felicidad.

Buenos Aires no fue la excepción y los planes para encarar la ciudad durante cuatro días fueron variados pero incluyeron los clásicos (algunos de segunda línea) que hay que ver en CABA. Clásicos de segunda línea hay en todas las ciudades y lugares muy grandes. La primera vez no podés perderte por ejemplo: La Boca, San Telmo, Puerto Madero, Casa Rosada, Obelisco, etc. Ya la segunda ahondás un poco más. Que quede claro que no me refiero a mejores o peores sino al orden en el que -al menos yo- encaro las visitas. Mi ideal sería tener el tiempo suficiente para recorrerlo todo 😀 Pero si no, primero los hitos y después el sabor de profundizar los recorridos.

No podría poner todo ese finde XL en un post porque nadie llegaría al final. Así que, oh casualidad, de esta visita voy a empezar con el morfi. Con la gastronomía 😉

 

Dos clásicos de clásicos con los que los porteños pueden alardear con tranquilidad: las pizzerías y los bodegones.

 

También, dentro de los clásicos, fuimos al Café Tortoni. Pero voy a dosificar bastante el paseo y ese mítico café será motivo de otra entrada.

Pizerría Güerrín

Es una pizzería súper tradicional de Buenos Aires. Tiene casi 90 añitos de estar en ese mismo lugar donde está ahora y aunque al principio era un espacio no tan grande con algunas mesas, ahora es enaaarme. Hasta tienen planta alta. Igualmente ese primer espacio se sigue usando al día de hoy, junto con todo el resto del gigante local.

 

 

La pizzería fue fundada por inmigrantes italianos quienes eligieron la calle Corrientes, una calle famosa en Buenos Aires que a la noche tiene un movimento fantástico porque allí se concentran una gran cantidad de teatros que ofrecen espectáculos para todos los gustos. Así que salir del teatro y encarar para una de estas pizzerías que encontramos en Corrientes, es un planazo. Pero esta vez, le tocó a Güerrín.

La forma de disfrutar de las pizzas es variada. Hay gente que pide para llevar, hay gente que pide una porción y come “de parado” en las barras que hay en la parte izquierda del salón de entrada y otros se quedan en el local. En cuanto a la degustación en sí, en muchas de las mesas y en las barras hay un frasco con ají molido u orégano para agregarle a la pizza. Y cuando pedís, te ofrecen si querés acompañar con una porción de fainá, esa masa con la forma de la pizza (o con cualquier otra porque la cortan en trozos) hecha a base de harina de garbanzos.

 

 

La pizzería es muy grande y está dividida en varios salones y pasos. Hay mesas apretaditas camino al Salón Presidencial que está más atrás y subiendo la escalera, en una especie de descanso, hay un lugarcito con más mesas que se llama Salón del Teatro. Después del último tramo de escaleras aparece el Salón Familiar. Es el más grande, en donde generalmente se ubican las familias y grupos de amigos. O los que ya no entran abajo. Desde esta planta se puede ver cómo alardean con luces de neón su horno a leña, e invitan del mismo modo a probar la fugazzeta y la calabressa -estrellas de la casa-.

 

 

Tuvimos la puntería de ir entre medio de las dos semanas de vacaciones de invierno. Intentamos cenar ahí el viernes pero había tanta gente y teníamos que esperar tanto tiempo, que después de media hora nos dimos cuenta de que íbamos a llegar tarde a una función y desistimos. Organizamos mejor para el domingo, y cuando terminó la obra de teatro que habíamos ido a ver, cruzamos la calle con el pensamiento “no dejamos la ciudad sin probar estas pizzas”. Fue nuestra noche de suerte. Después de asentir con resignación cuando la chica que daba las mesas nos dijo que había una hora de espera, en 15 minutos tuvimos la nuestra.

 

 

 

Media a caballo y media de fugazzeta fueron las ganadoras entre otras que aparecían en una lista larguísima. Ah, más una porción de fainá. Eso sí, al moscato no nos animamos y acompañamos con cerveza.

 

 

El Preferido de Palermo

La última comida del día antes de regresar a casa la hicimos en este bodegón. No habíamos podido ir a ninguno todavía, pero teníamos “el último almuerzo” por delante y quisimos aprovechar la oportunidad. La verdad que estos lugares merecen mucho más tiempo del que le dedicamos. Aún así no quisimos dejarlo de lado y fuimos. Pero prometiendo volver para darle el tiempo que merece.

Un bodegón es un lugar donde vas cuando tenés ganas de comer comida bien casera y abundante. Un lugar bien de barrio y de larga data. Un clásico de toda la vida que en los últimos años se ha revalorizado. Hay blogs dedicados a  reseñarlos, libros donde reúnen las recetas de sus platos típicos e incluso programas de tv en donde los dueños cuentan la historia de su bodegón y exhiben su mejor carta.

 

 

Llegamos a El Preferido de Palermo después de varias cuadras de trote animado y al ver las dos entradas, algo confundidos entramos por la esquina. Ese salón con mesas altas y verdes era un almacén y, según me enteré después, la parte de las picadas (o tapeo). Miramos un poco alrededor y decidimos salir y volver a entrar por la otra puerta.

 

 

Ahora sí, las mesitas con manteles a cuadros rojos y blancos nos mostraban la otra cara del lugar. Elegimos una mesa y esperamos al mozo que llegó trayendo una carta enorme y variada. Mientras elegíamos qué almorzar, acercó un pote de paté -que lo juzgué exagerado- con una panera. Exagerado hasta que lo probé. Esa delicia merecía fondo blanco. Y así fue.

 

 

Con el corazón roto pasamos por alto la entrada y para tomar pedimos agua. [Nota aclaratoria: lugares así ameritan tiempo, justamente para pedir entrada, tomar un vino merecedor de maridar esos platos y hacer parte de la digestión para poder levantarse dignamente de la mesa]. Suprema y bife de chorizo (que no me preguntaron el punto, no lo aclaré e igualmente vino perfecto) más una tortilla de papas fue el menú. Aunque tenemos que volver porque al parecer la fabada asturiana es la especialidad de la casa.

 

 

Como reserva, un tercer lugar en donde habían más mesitas. Era una especie de patio de luz en donde reposaba un sapo. Ese juego tan antiguo como los mismos animalitos que tanto me lleva a mi infancia.

 

 

Después de esa panzada a medias, nos fuimos silbando bajito y despedimos Buenos Aires hasta la próxima visita.

 

 

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