Lugares

Reserva de Carayás

enero 23, 2018

 

Un fin de semana de Diciembre fuimos a La Cumbre, en Córdoba. No era la primera vez que visitábamos el lugar -ideal para a) comer muy bien b) comprar cosas bonitas c) descansar- pero nos había quedado pendiente una visita a Proyecto Carayá, una reserva donde cuidan de éstos y otros primates. Los cuidan cuando las familias que los adquirieron ilegalmente los abandonan porque ya no los aguantan (es que se les pasó el efecto sedante que el vendedor les suministra) y le están rompiendo la casa. Los rescatan de casas en las que los tienen encadenados porque se dieron cuenta de que no son domésticos como un perrito. De quienes los ofrecen al costado de las rutas. Del mascotismo, que es el comercio ilegal de animales no domésticos.

Si bien nunca me gustaron demasiado estos bichitos, estaba más que predispuesta a dejarme conquistar. Habiendo tenido la experiencia Papel de Cuete, sabía que esta especie podría ganarse mi corazón en cuestión de minutos. Antes que cualquier especie, son animales. Eso es lo que me gana sin objeciones. Y así fue. Al primer encuentro la los quería achuchar a la voz de “mi monito mi monito” pero por supuesto, no está permitido. Tampoco alimentarlos.

Salimos del pueblo para llegar a la reserva después de 11 kilómetros de ripio. Cuando nos dimos con la curva donde se encuentra la entrada, decenas de rústicos carteles de madera nos fueron informando y advirtiendo acerca de la manera de comportarse una vez dentro. Me bajé del auto, abrí la tranquera para que marido avanzara, la volví a cerrar y unos cuantos metros más adelante, estacionamos debajo de los eucaliptos. Obedeciendo las indicaciones que veníamos leyendo desde la curva, permanecimos dentro del vehículo hasta que una chica se presentó, entonces nos bajamos y pagamos el arancel correspondiente. Con ese arancel colaboramos para las tareas que se llevan adelante en la reserva.

 

 

La chica que nos recibió nos llevó hasta donde se encontraba nuestro guía dándole explicaciones a una familia que ya había comenzado la visita. Nos unimos a tiempo y salimos a conocer el primer grupo de carayás, muy cerquita de ahí. Afortunadamente enseguida comenzaron a acercarse. El guía les repartía pan. Ellos saben cómo funciona todo: cuando él se acerca con un grupo de personas, significa que algo trae para darles.

De cualquier manera, a mí me daba la sensación de que no éramos nosotros quienes los estábamos visitando. Sino que éramos el esparcimiento de estos animalitos, que de vez en tanto su cuidador les acerca un grupo de humanos para que vean lo exóticos que somos y que nos comportamos. Y que, si ellos hubieran tenido cámara, nos hubieran sacado muchas fotos también. Conformábamos dos grupos frente e frente. Unos más peludos, otros menos, que nos mirábamos con curiosidad.

El juego de luces y sombras que ofrecía el follaje del pequeño bosque, hogar del primer grupo de carayás, complicaba un poco los ajustes de la cámara para poder registrarlos bien. Así que mis deditos iban y volvían por los diales adecuadno parámetros mientras intentaba escuchar las explicaciones que el guía nos daba y a la vez procuraba no perderme de ver los monitos en modo “visión directa”.

 

 

Después de conocerlos, seguimos a través de un bosquecito y llegamos a otra zona para encontrarnos con una especie diferente: los capuchinos. Si bien las estrellas de la reserva son los carayás, también cuidan de un grupo reducido estos otros. Los capuchinos son mucho más ágiles y rápidos que los carayás. Si antes nos habíamos quedado embelesados con la manera que estos monitos tienen de moverse entre las ramas, ahora, comparados con los capuchinos, los primeros nos parecían lentos y toscos.

 

 

En este punto cambiamos guía por voluntario (oficiando de guía también) y caminamos hasta un monte cercano para encontrarnos con el tercero de los grupos que conoceríamos: carayás más tímidos. En la reserva siempre reciben voluntarios que quieran colaborar con el proyecto. Los entrenan durante una semana y quedan preparados para alimentar y cuidar a los primates y también para enseñarles a los visitantes su forma de vida.

 

 

Para terminar la visita, desandamos nuestros pasos y llegamos a ver el cuarto grupo, que tardó un poquito más en acercarse pero al final lo hizo entusiasmado. Uno de los capuchinos se coló en esta manada y pudimos comparar su energía con la de los carayás mientras jugaban entre las ramas.

 

 

Algunos de los datos que retuve:

? En la reserva hay un total de 160 monos…
? … que están distribuidos en 9 grupos. Los grupos los forman ellos mismos.
? Cada grupo habita un sector del campo diferente. En montes diferentes.
? La gente de la reserva les da el 50% de su alimento (según el monte en el que vivan; a los que viven en los pinos les dan un poco más).
? El resto lo recolectan ellos.

? En los carayás, los que ven negros, son machos.
? En el primer grupo hay un macho subordinado.
? Cuando nacen, tienen ese pelaje amarillento que se ve en las fotos. Cuando los machos van creciendo y pasan de jóvenes a adultos, van cambiando el pelaje que se les va oscureciendo hasta llegar a negro. Esa transformación están viviendo los que juegan, que se ven en las últimas fotos.
? Tienen huellas digitales no solo en los dedos sino también en la punta de la cola.

? Las monas mamás llevan a sus crías prendidas a su cuerpo para todos lados.
? Cuando las crías tienen 4 meses, las mamás se las “prestan” a las monas jóvenes para que vayan practicando y también para que las ayuden.
? Solo las mamás las siguen alimentando.
? Una vez se dio el caso en la reserva de que una mona tuvo dos crías a la vez. En esta ocasión, se las pasó a las monas jóvenes dos meses antes de lo usual.
? Se cree que no es muy habitual que nazcan más de una cría por vez. Y una en total de cada mamá mona.

? Se reproducen en la reserva. Solo 50 ejemplares fueron acercados al lugar. El resto nacieron allí.
? En algún momento de la vida del grupo, cuando los machos jóvenes crecen, disputan el lugar de liderazgo con el macho alfa actual. El que pierde se va a otro grupo.
? Son autóctonos de Argentina, del litoral. Una zona más calurosa y húmeda que La Cumbre. Sin embargo están bien adaptados a las sierras cordobesas. En el invierno tienen la opción de dormir en casitas de madera instaladas en sus bosques si así lo deciden.
? Al carayá se lo conoce como el mono aullador. Los sonidos que emiten para marcar territorio son audibles hasta 5 kilómeros a la redonda. Tuvimos la suerte de presenciar ese espectáculo.

? Se añora lograr adaptarlos a su hábitat natural algún día.
? Cuando llega otro integrante a la reserva, atraviesa un periodo de adaptación bastante complejo y cuidadoso para quienes lo llevan adelante.
? Un grupo de profesionales trabaja en la reserva junto con los dueños del lugar y los voluntarios.
? La reserva no recibe apoyo económico del estado.

 

Si estás por La Cumbre o sus alrededores, te lo recomiendo. Podés sacar todas las fotos que quieras, aprender mucho y de paso colaborás con esta noble causa para contrarestar un poco el daño que le causamos al medioambiente.

 

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